La conspiración de la pólvora


La conspiración de la pólvora

5 de Noviembre, noche de Guy Fawkes, noche de la Hoguera, noche de los Fuegos Artificiales, …; Bonfire Night! Para toda una generación del mundo anglosajón, una jornada para reflexionar cómo pudo ser el mundo de tener éxito la conspiración católica contra el rey protestante Jacobo I en 1605; para otra (y no solo para jóvenes hijos de la Gran… Bretaña), el recuerdo de múltiples frases de V de Vendetta. Una máscara de Guy Fawkes, que en muchos casos, habrá sido el único motivo de concienciación politico-social para toda una hornada de millennials. Una generación que está más pendiente de la siguiente serie que verán de forma gratuíta a través de plataformas de TV digitales, que de realmente darse cuenta de la incidencia real objetiva que pueden tener en el mundo, en lugar de llevarse por una percepción subjetiva de la influencia personal.

Vivimos en el mundo de la inmediatez, en el mundo dónde no hay tiempo ni tan siquiera para decir un hola, un por favor, o un gracias. En el mundo donde ni siquiera hay tiempo para pedir un taxi, porque una aplicación de tu nuevo teléfono móvil te proporciona un coche de forma más rápida. Tyler Durden ya nos avisaba de esto a finales de los 90: “Somos los hijos malditos de la Historia (…) No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra, es la guerra espiritual. Nuestra gran depresión, es nuestra vida”.

Irónicamente, este discurso ha cobrado aún mucho más sentido ahora. Después de haber vivido el 11-S, el 11-M, la primavera árabe, la crisis de 2008, el Brexit, Trump, etc; aún seguimos siendo incapaces de desconectarnos de Matrix. Probablemente, puede que éste no sea el artículo con más tecnicismos del mundo, ni el más objetivo, ni tan siquiera el más visceral o sentimental, pero sí humano. Con el único objetivo de conseguir que uno reflexione esta noche del 5 de Noviembre, noche de fuegos artificiales…

Miro alrededor y solo veo plástico, gasolina y conformismo. Una mezcla que da como resultado el tema a tratar de hoy: la desafección política. Como si estuviéramos a tratar de una tesis de marketing y sus siete P’s (producto, precio, plaza, promoción, persona, proceso y prueba), la desafección política cuenta con sus propias características: las cinco D’s (decepción, desconfianza, desafección, desconexión y desinterés). Podríamos hablar de otros factores que han incidido en que hayan pasado sucesos de tal calibre como la victoria de Trump, el Brexit, la no-independencia de Catalunya, el por qué todavía no se ha descifrado ese mensaje enigmático en los papeles de Bárcenas de “M. Rajoy”, …; pero lo que no podemos obviar es que la desafección política en la población joven (electorado de los 18 a los 40 años) ha sido una gran complíce de todos estos sucesos.

En el caso concreto español, nos encontramos a una generación que se siente prácticamente extraña ante las instituciones del actual régimen democráctico. Unas instituciones que fueron creadas en una Transición en la que muchos de ellos ni habían nacido. La consecuencia en este punto es lógica: mucha desconexión. Ante esta falta de familiarización con el sistema, no ayuda el alto porcentaje de criminalidad institucional que se representa en la corrupción: decepción. Aún produciéndose movimientos sociales (15-M) de gran espectro político en sus inicios, este tipo de movilizaciones se acaban enmarcado siempre dentro de un espectro político muy concreto en un país tan polarizado como es el español, la izquierda alternativa de corte estatal (Podemos) y una derecha corporativista con piel de cordero (Ciudadanos). Donde aquí nos encontramos con la desconfianza. Desconfianza hacia unos nuevos actores políticos donde mucha masa social solo cree en superhérores o antihéroes si estos llevan la máscara de Guy Fawkes. Esta falta de sentimiento de representatividad conduce a la circunstancia de no sentir afecto por dicha causa: desafección. En este escenario, alguno podría optar por preguntarse a sí mismo: ¿y para qué?. No voy a molestarme en preocuparme de algo porque ni siquiera creo en el mensajero de dicho mensaje de concienciación: desinterés.

Probablemente, uno de los mejores ejemplos de esta desafección política se instrumentaliza en la abstención. El acto por el cual un votante potencial no ejerce su derecho voto, es una herramienta lo suficientemente peligrosa como para que se convierta en un arma de desgaste para el bien público de la democracia. Han sido muchas las tesis que han intentando abordar el por qué de la normalización de la abstención que hasta incluso se intenta institucionalizar con actores como “Movimiento Ciudadano por el Voto en Blanco Computable”. En diversos sistemas políticos se ha intentado aplacar este problema con medidas como el establecimiento de un sufragio obligatorio o un mínimo de umbral de participación para declarar resultados electorales como válidos.

Pero, ¿es suficiente cura para la desafección política un descenso de la abstención? No necesariamente. La abstención solo es un ejemplo más de dicha desafección; pero incluso en la misma abstención hay una acción política de forma intrínseca: la abstención activa o ideológica. En otras palabras, una abstención no solo voluntaria, sino también de forma consciente con los efectos que provoca (descenso de participación, de representatividad para los partidos minoritarios, fortalecimiento de la Ley d’Hondt, y sobretodo, delegación de poder). Dicha abstención históricamente representada en movimientos anarquistas, en términos de actores políticos.

Sin embargo, donde queremos centrarnos es en la absteción pasiva. Aquella en la que reina una falta de interés total por la esfera política. El autoengaño personal que un ciudadano puede hacerse verbalizando que es una persona apolítica. Apo…¿qué? Un movimiento y un punto de vista tan contradictorio e inútil en si mísmo, como pedirse un café con leche desnatada, pero haberse comido previamente un chuletón de ternera con una tarta de chocolate de postre. Dicha masa social corre el riesgo de caer en dos contextos nada alentadores para nuestro futuro: alejamiento o alienación.

Es curioso como los polos opuestos se atraen en diferentes esferas sociales, la política tampoco es ajena a ello. Para intentar sintentizar dónde están los diferentes tipos de abstención y su correlación con la desafección, intentaré representarlo de la siguiente forma:

Sistema Político Actual

(desafección con el régimen)

Ciudadanos integrados Cierto desapego Hostilidad completa
Alejamiento o Alienación con el sistema Conformismo y pasividad Alta conciencia social o Alejamiento
Se representa en:

– Abstención pasiva o Liberalismo económico consciente o inconsciente

– Socialdemocracia – Comunismo, socialismo o Abstención activa (anarquismo)

A los hechos me remito: los bajos índices de participación de procesos como las elecciones españolas de 2016 (66,48%), las de 2015 (69,67%), la victoria de Trump (55,4%), el Brexit (72,2%) porcentaje bajísimo para un referéndum vinculante a todo el Estado; la nula movilización social para el esclarecimiento del caso Gürtel, la ampliación a 60 años de la licencia a la industria celulosa gallega, la aprobación del CETA, la publicación de la vinculación de los negocios de armas con Arabia Saudí, etc.

¿Y para qué? Se formulaba el ejemplo anterior de abstencionista. Precisamente para asumir tu parte de responsabilidad en todos y cada uno de estos sucesos. Me levanto y veo las redes sociales con frases dignas de la Bonfire Night, con máscaras de Guy Fawkes; pero al final del día, lo único que brilla son las llamas del fuego y los destellos de los petardos.

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